12 de mayo de 2011

poesias de bulgaria

Cruces De golpe es muy extraño sobrevivir, recordar a la mujer hechizada y no el momento en que se fue: más errante que nunca pero muy poco sabia, torpe en el bullicio del verano, torpe en la espera. Hubo un hombre sin sueños para siempre detenido en la estación del calor. No se reconocieron ni en los ojos en la planicie árida del parador (un jugo, una radio encendida, la loca esperanza de llegar sin morir) El mundo canta (a veces) como una apuesta imposible y eso lo vuelve ronco y despiadado. No hay rumor para oír, no hay tierra que espiar. El mundo canta (a veces y siempre) por los respiraderos de la ciudad y se abre paso en el tumulto irreflexivo con una canción que jamás se recuerda cuando llueve (o hace frío), una canción quebrada que no otorga poder. El canje En algunos poemas el arte es la acuarela, el arte de la dilución, escribo, y los cisnes de Natales se esfuman ante la palabra cisne. La vida se esconde detrás del color para engañarme, la vida corre el riesgo de convertirse en una carta infinita. "Una moneda por cada palabra me daba el tiempo, lo invitaba a pasar (él siempre iba apurado), le regalaba una estampilla rara y un vaso de té frío". En algunos poemas el arte es el tatuaje, escribo, y añado: las palabras duelen mucho más que el peso de las cosas. A veces el mundo es lento y viejo como una casa que huele a barco y a bodega y recibe a las gaviotas como grandes presencias. A veces el mundo me devuelve la visita del tiempo -afable pero firme- que reclama su parte del león. Abro las alacenas, muestro el cielo. El fulgor de las pocas palabras que me quedan es mi oscura tensión -en el fondo de mi dicha- la belleza de aquellas palmeras despeinadas contra la lancha a punto de partir.

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